—Bienvenidos nuevamente a De Carne y Hueso. Espero se encuentren bien en esta tarde calorífica de Ciudad Botica. Quisiera disculparme por mi larga ausencia, debida a motivos personales que no vienen al caso, aunque quizás hablaremos sobre ello más adelante. Lo que sí quiero comentarles es que he decidido darle un giro a este podcast, que vamos a hacer las cosas un poco diferentes. Y para estrenarnos en este nuevo ciclo, les traigo un invitado un poco- más fresco. Dejaré que él mismo se presente”.
—¿De Carne y Hueso? ¿Ese es el nombre del programa?
—Sí, Diogodo. Aquí mostramos el lado más humano de personajes que han caído en desgracia o que han cometido actos atroces.
—El lado más humano- De haber sabido eso no hubiese venido. Bueno, si he accedido a estas entrevistas es solo por amor al pandemoney. Y gracias a la amabilidad de mi interlocutora, que me trajo hasta su pocilga de oro. Que lo mejor que pueden hacer es ignorarla- lo siento, pero ya olvidé tu nombre.
—Erika, Erika Bocanegra.
—¿Con k de Erika o c de Erica?
—Eh, con k.
—¿Con acento en la e, o sin acento?
—Eh, yo lo escribo sin acento.
—Qué bueno, resulta muy incómodo ponerle acentos a las mayúsculas, casi tanto como ponérselo a la k, que es donde debería ir, o a las comas.
«A ver, no creo que haga falta mayor presentación. Ya me conocen como Diogodo, el papá de los helados de tuqueque, Diogodad o simplemente Diogodo, otros me dicen Dio, que sinceramente a veces me suena a que dicen Dios con las comida y se me mojan los pelos.
—¿Se te mojan?
—Sí, con la saliva. La mía, la de los otros, porque todos se babean al verme. Pero hasta allá no llegamos. Ya saben que existe una controversia acerca de si soy un líder de culto o no. Pues no lo soy. En todo caso, soy un líder oculto, oculto a la red de corporrobodogs e hipnodelincuentes que infestan tanto la costra terrenal asfalterada, como las alturas donde no deberían estar, con su idiomanto. No. Lo que tengo, no sé si es un culto pero eres libre de seguirme y sí, es verdad que escribí un libro que se titula Cómo iniciar tu propio culto que, por cierto, puedes descargar de mi página web gratis si te suscribes a mi canal de Youtube y aparte recomiendas a un amigo o ex-amigo. Aparte tengo un curso con el mismo título que ahonda en la materia, pero eso no quiere decir nada. Y sí, los líderes de culto se contradicen todo el tiempo, es condición sine quanónica para serlo. Pero yo no soy líder de culto. Y para analizar las contradicciones de la vida y darle vueltas hasta aislar el tornillo están los filósofos-
(Silencio)
«¿Sabes? esos insoportables vendedores de confusión.
—Sí- en teoría sé lo que es un filósofo, porque nunca he visto uno.
—Te lo tengo, si lo quieres. Cuco, se llama. Filósofo de bar. Tiene un talentazo para decir cosas bien friki. Lo llamaba yo a la barra cuando necesitaba hacer el turno de la noche. Cuco se sentaba en silencio hasta que algo lo iluminaba, y con unas pocas palabras me sembraba una idea bien friki en la cabeza, lo que me quitaba efectivamente el sueño y podía hacer mi turno tranquilamente. Bueno, ni tan tranquilamente. Hubo una época que, por tres meses seguidos, no dormí, y no precisamente por hacer turnos nocturnos, sino por las ideas que el Cuco me instaló en la cabeza. Es curioso, tras esos tres meses, el Cuco se quedó instalado en la barra. No se volvió a parar más.
(Silencio)
«Pero tú quieres ir tras el meollo del escándalo. ¿Y por qué no complacerte? Fundé el New Freak Times! para dejar en evidencia el maquillaje de los payasos del circo de la hipnodelincuencia ante el público sonámbulo destetado. Son los mismos payasos que quieren difamarme y burlarse de mi bigote, que es nuestro bigote, o sea, del bigote colectivo. Por supuesto que también lo hice para promocionar el bar y todos nuestros Live Events y también para llevar la contraria de publicar un periódico impreso en la época de los refrescafeed screencapturados. Pero resulta que llevar la contraria es un negocio en sí mismo y yo, que tengo talento natural para el asunto en cuestión, tenía que explotarlo como buen comerciante que soy.
—Imagino que no has de llevar esa tarea solo. Ha de haber todo un equipo detrás, ¿no es cierto?
—Está bien, sólo revelaré los nombres bajo el secreto de la confesión podcastical, que es una de las razones por las que me gusta este formato, en el que puedo confesarme tranquilo sabiendo que no podrán usar nada de esto en mi contra.
«Con la plena confianza en ti, aunque se te salga por la córnea el carnet de membresía al cornúpulo de los hongo sapiens, aunque me puyes con las aristas de tu cubo y los bordes de benjamines caobados pagaderos a nadie pero debidos por todos, sobre todo por ti, que vendiste el alma de tu padre para poder conservar su cabeza. Pero no la entregaste, María y por eso, sólo por eso confío en que al revelar los nombres no vas a entregarlos a la policía para que luego vengan a chantajearme con ellos. Sí. Confío plenamente en el secreto de confesión de podcast y en ti, María, o como te llames.
«Anota. Junkiejote, mi único empleado humano, trabaja una hora y el resto bebe café mientras se rasca los testicubos y refresca el feed. Produce medio artículo por día, de calidad cuestionable. Yo, al recibirlos, borro todo y lo vuelvo a escribir. Creo que la única razón por la que lo conservo como empleado es para que me defienda en caso de que Roberta, la robot comeempanadas, se revele en mi contra, y porque solo me cuesta dos gritos de humano la hora. Anda, anota, que para eso tienes el boli en la mano. A decir verdad, también disfruto de su compañía. Verás, la compañía puede llegar a ser una adicción, como todo lo demás. ¿Qué más puedo decirte de Junkiejote? Ah, colecciona fidget spinners y cualquier cosa que gire, ya que su pie sólo puede girarlo unos 45 grados al batirlo, y esto es causa primaria de su frustración con la vida.
—Los fidget spinners ya pasaron de moda. Ya va Diogodo, ¿quién es Roberta?
—Veo que no puedes escribir y escuchar al mismo tiempo. A ver, dame el boli. Que esto queda grabado. Roberta es la primera robot comeempanadas, y también mi empleada estrella. Puede generar hasta doscientas fake news por minuto. Roberta usa las empanadas como fuente de energía ya que en la alcantarilla no hay electricidad y bueno, me las tuve que ingeniar.
«Ya sé que se estarán imaginando un modelo antropomorfo con exoesqueleto de titanio, excepto por la parte de atrás del cráneo, que sería de plexiglás, dejando ver el desorden de cable y circuito, la pose, de quien se para a liberar una flatuardiencia, mordisqueando una empanada brillante y encima de eso, un mega avance tecnológico: el primer estómago artificial, que también se deja ver tras un plexiglás abdominal que evoca una Whirlpool de tapa frontal transparente, pero la verdad- no. Roberta absorbe, no una empanada como tal sino las boronas de empanadas que caen por la rejilla de la calle y va recolectando el chef. Esto luego es triturado en un molino manual y lo que le entra a Roberta es el aceite de la empanada, que se calienta y mueve los engranajes, que a su vez van juntando palabras e imprimiendo sobre el Scott del baño. Yo voy leyendo y copiando las fake news que tengan más posibilidades de crear pánico generalizado y conspiranoia youtubiana y lo lanzo en el New Freak Times! El Scott lo vuelvo a enrollar y queda listo para ser utilizado por la clientela. Ya sé, Roberta está más cerca de la prensa de Gutenberg que de un robot pero, yo seguiré llamándola la robot come empanadas, porque sí pues. Roberta no tiene ojos. ¡Ni siquiera tiene cara! Creo que por eso es que me cae tan bien.
—Pero Diogodo, ¡con razón te está buscando la policía! ¡Pareciera que quisieras formar alboroto!
—Mira, la verdad, es solo una estrategia de marketing. No sólo vendo más periódicos, sino que gano adeptos que huyen de los bachacos, que descienden a la alcantarilla e inevitablemente me encuentran, nos encuentran, a los dípodos y ex-humamos conviviendo en nuestra ilutopopia subterránea, y se siente, la verdad como ganarse el triple, pues me gano un seguidor, un cliente y el mundo ha ganado un ex humano posible futuro dípodo. Todos ganan en esta ecuación, menos los emperadores cuadráticos de turno de Ciudad Botica y sus secuaces. Por eso no lo soportan. Y por eso me persiguen.
—Entonces, las acusaciones, de incitación al odio, de alborotar el chispero, son vacías.
—Tan vacías como tu pupila, María.
—Ya te he dicho que me llamo Erika. —Todos los bachacos dicen llamarse de alguna forma. Al final su nombre no pasa de la epidermis ni el epitafio. Aparte no puedo llamarte Erika sin cometer un crimen ortotopográfico y si te llamo Erika a alguno de los dos nos pueden sangrar los oídos.
El anterior es el segundo capítulo de la novela Sofá para ratas, segunda edición, editado por Perpetuum Editores (Feb 2025).