El suelo está maldito. Supura caramelo. Los idiotas lamen todo el día. Ba-cha-qui-tos. No me queda más remedio que mirarlos. ¿A dónde más voy a mirar? Si pudiera voltearme- con un poco de esfuerzo podría voltearme, aunque eso agotaría todas mis energías. Claro que lo inteligente sería gastar todas mis energías. Para morir más rápido. Para complacer a los necrovoyeuristas y hacer que valga la pena el precio que pagaron por su ticket de entrada. Sí. Voy a morir de frente a un público. Quizás de espaldas. Aún no lo he decidido. En esta urna transparente. Cárcel vertical de Ciudad Botica. Vitral exhibidor de muerte de José. Celda 33. Es verdad que puedo levantar la mirada pero mis ojos gravitan tercamente hacia ustedes. Nuevamente hacia ustedes cuando no hacia los pinos.
Los pinos lloran. Son los únicos que lloran por mí. Qué sé yo. Quizás lloran por su propia miseria. La miseria de tener que chupar caramelo. Su imponente solemnidad que es ahora una joroba. Sus raíces que han debido escarbar quizás cuántas capas de tierra caramelizada. ¿Pero quién dice que su miseria no es, precisamente, mirarme? Porque yo puedo mirar para otro lado pero ellos deben verme todo el día aquí encerrado mirándolos o mirando a otro lado tras la transparencia del plexiglás. Y se ven obligados a prestarme su aire para luego verme muriéndome. Yo también lloraría. Quizás su miseria es tener que fabricarme un aire y luego verlo convertido en miseria de José encerrado. Y luego verlo escapar en gotas de José, mi miserable versión de rocío. Multijosé en gotas lágrima. Multijosé en gotas sudor. Para salar las palomitas de los necrovoyos.
Cuando por fin dejo de ver la danza de los bachaquitos, cuando tampoco me atrapan los pinos sollozando, es ahí que desvío la mirada a la ciudad vieja. Congelada en el tiempo. Estática pero mutilada porque había que abrir los huecos, para plantar esta mata de odio óseo. La ciudad nueva. La ciudad elevada. Evito mirarla porque es lo más feo de todo este escenario y posiblemente del mundo entero. El cuerpo me grita que cierre los ojos. Pero los vuelvo a abrir. Entonces miro hacia arriba. Arriba no veo las cosas buenas que tiene la vida. Veo unos pies sucios. Parece que bailaran lalala, pero no bailan, se contonean para hacer pipí. Luego si pego la barbilla al pecho, abro los pies y contoneo el cuerpo. Una calva. Claro, claro. Parece que lo más idóneo es cerrar los ojos. No. No hay escapatoria a mi tortura. Porque al cerrar los ojos se escuchan los gritos de los casi muertos, empacaditos apretaditos en plexiglás debajo de mí. Que dejen de gritar significa que han muerto. Muertos empacados en plexiglás debajo de mí. No. No hay escapatoria a mi tortura. Ustedes se preguntarán, es cierto. Es difícil verlos desde aquí. ¿Cómo puedo estar seguro de que han muerto? ¿Quizás han perdido la capacidad de gritar? ¿Quizás agonizan lentamente y sobreviven hasta ser enterrados en el caramelo? Enterrados vivos. Cabe la posibilidad. Pero, ¿para qué darle cuerda a semejante pensamiento que sólo puede torturarme? He decidido que están muertos. Ustedes no me confirman nada porque solo me miran a mí. Han pagado entrada para verme solo a mí. ¿Es que no les conmueven los gritos, siquiera?
He calculado que la estructura se hunde a la velocidad de un piso cada 3 días. Sin embargo, me da la sensación de que el ritmo acelera. Es posible que lo que acelera sea esta bomba que tengo entre las costillas. Es posible que lo que acelera sean estos circuitos intracraneales. Y el tiempo que me queda. Me quedan a lo sumo quince días. Mi acto final. Gritaré o tuitearé, Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado.
No lo tengo claro. El por qué estoy aquí no lo tengo claro. Ustedes sí, y los envidio. Porque para ustedes está claro como el agua que yo fui a visitar a Erika en lo que se supone es o fue su paradero final. Que yo sé dónde está. Ah, y no solamente eso. Que yo la visité allí, en ese supuesto lugar que bien conozco y la hice escribir toda su historia manuscrita en unas hojitas que luego fueron a parar al público general, y que no les quiero decir dónde está porque he decidido que esta tortura es más aceptable para mí que decirles dónde está. Sí, es cierto que me menciona, en las hojitas. No estoy diciendo que sea una especie de mandelaria, su versión. No sé por qué me menciona. Lo cierto es que yo nunca estuve ahí. Lo juro. Que no sé dónde está. Que la última vez que la vi, flotaba casi ahogada en una piscina de cerveza. Cuando por fin logré que botara la cerveza de los pulmones, empezó a balbucear, puede que haya dicho Dios, o más posiblemente, Dio. Luego lo que parecían improperios en una lengua desconocida. Me la llevé encima. La llevé hasta su casa casi desmayada pero viva. Ahí la dejé. No. No digo que esté loca. No estoy diciendo que se lo imaginó. Erika, no creo que estés loca. No sé lo que pasó. Este es el fin de mi testimonio.
El anterior es el primer capítulo de la novela Sofá para ratas, segunda edición, editada por Perpetuum Editores. (Feb 2025).